Orson Welles hereda el expresionismo como poética: el mundo no representa la realidad, la acusa. En La dama de Shanghai, el policial se vuelve pesadilla de identidades fragmentadas; en Sed de mal, sombras y encuadres oblicuos deforman el espacio moral; en El proceso, Kafka y el absurdo burocrático se traducen en asfixia visual. El expresionismo en Welles no es estilo sino ética: un cine que no consuela, enfrenta al espectador con la fragilidad de la razón y la irracionalidad del poder.
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